Hace 21 años, un 20 de diciembre, a casi 400 km de distancia de mi casa, recibí una llamada de mi mamá: Gorda, el papá se murió.
El Nokia 1100 que sostenía en mi mano cayó al piso y yo me quedé sin palabras. No lloré en ese momento. Me quedé inmóvil, con la mirada perdida en un vacío oscuro que estaba en silencio.
Mi novio de ese momento, quien era además mi primer novio, tomó el teléfono del piso y lo puso de nuevo en mi mano. Allí estaba aún la mamá. Sus siguientes palabras fueron: Lo vamos a cremar, ¿quieres verlo antes de eso?
Mi respuesta automática fue “no”. No sé muy bien de dónde venía esa respuesta, pero tuve casi seis horas de camino a casa en carro para darme cuenta de que no quería que la última imagen de papá fuera la de su cuerpo sin vida.
Toda la familia estaba reunida esperando que yo llegara. Antes de bajarme del carro, David, mi novio, me dijo: Flaca, tienes que ser fuerte.
En ese momento parecía una frase más. Años después entendería que esa frase hacía parte de una ley interna con la que las mujeres de mi familia habían crecido y de la que yo no me libraría.
Entré a la casa de la tía donde estaban todos reunidos. Eran casi las once de la noche. De mis ojos no salió una sola lágrima. Parecía que cada una de mis células había entendido la frase al pie de la letra: “tienes que ser fuerte”.
Fui uno por uno a abrazar a las personas. Empecé por mi mamá, luego mis dos hermanas, el abuelo paterno, y no recuerdo nada más de ese momento.
Lo único que recuerdo de lo que continuó esa noche es el momento en el que una mujer que acababa de perder a su esposo y al papá de sus hijas, y tres jóvenes que acababan de perder a su papá, entraron por la puerta de su casa en un silencio inmenso, y con un río de llanto que se quedó atrapado en el interior de cada una.
Al día siguiente nos estábamos preparando para la misa. Si bien en mi familia no nos consideramos católicos activos, parecía inicialmente lo que debíamos hacer.
Cuando entré a la ducha abrí la llave y, de una manera muy intensa, se sentía como si estuviera abriendo una compuerta en mi interior para darle paso a toda el agua represada en mi garganta.
Las lágrimas salieron para recorrer todo mi cuerpo en compañía del agua de la ducha.
Las paredes de la ducha recibieron mi cuerpo que se quería derrumbar. Quería gritar, quería que Dios me oyera fuerte para preguntarle por qué se había llevado al papá.
El miedo a ser escuchada atrapó mi voz en la garganta y solo quedaron unas cuantas lágrimas más.
Cierro la llave y me obligo a limpiarme las lágrimas que estaban por todo mi cuerpo.
Salgo de la ducha y, para ese instante, no tenía la menor idea de que ese sería el único momento durante años en el que me permitiría omitir aquella frase que David me había dicho antes de bajarme de ese carro.
Solo tengo una imagen del momento de la misa. Recuerdo haber visto a mis amigas del colegio y preguntarme cómo se habían enterado si estábamos en medio de las vacaciones.
La siguiente imagen que tengo es en la sala de la casa de mi abuela materna, con toda la familia y amigos más cercanos. Recuerdo historias, risas y anécdotas que todos iban contando, como una manera genuina de honrar la vida de ese hombre que hacía dos días había muerto de forma repentina.
Los rituales que continuamos haciendo por esos días estuvieron rodeados de eso que a él le encantaba hacer.
Todos recordábamos las noches de vacaciones en la finca, en las que después de unos tragos él hacía un recorrido por las caballerizas pasando su poncho por el cuello y el anca de los caballos, para pasar el resto de la noche deleitándose con el olor que quedaba en él.