Son las once de la mañana de un 6 de marzo y estoy acostada sobre una camilla dentro de un consultorio ginecológico. A mi izquierda está Santiago, mi esposo. A mi derecha, una ginecóloga sostiene dentro de mi cuerpo el dispositivo con el que intenta escuchar el corazón de Alma, la hija que lleva tres meses creciendo en mi vientre. Frente a mí hay un televisor encendido.

La doctora guarda silencio. Primero apaga la pantalla. Luego baja la mirada hacia el monitor. Después enciende el audio. El consultorio entero queda suspendido en espera de un sonido que no llega. Lo único que escucho es mi propio corazón golpeando con fuerza contra el pecho, como si quisiera hablar por mí. ¿Qué está pasando? Pero de mi boca no sale una sola palabra.

La doctora retira el dispositivo y pronuncia la frase lentamente:

La bebé dejó de crecer.

Siento algo romperse dentro de mí.

No sé cuánto tiempo permanezco inmóvil sobre esa camilla, semidesnuda, con las piernas abiertas y el cuerpo temblando. Hay un vacío que empieza en mi garganta y baja lentamente hasta instalarse en el estómago. Allí se convierte en una piedra pesada que me aplasta contra la camilla y me deja sin aire.

La doctora me pide que me vista. Camino hasta el baño, cierro la puerta y allí me derrumbo. La pared me recibe antes que el suelo. El vacío vuelve a subir y bajar dentro de mí como una ola que no encuentra salida. Intento gritar, pero hay un nudo atravesado en mi garganta. Algo quiere salir de mi cuerpo y no puede. Hasta que encuentra otra vía.

Las lágrimas empiezan a caer con tanta fuerza que siento que el baño se inunda. Me ahogo dentro de un agua que parece venir de muy adentro.

Cierro los ojos. Escucho otra vez el latido de mi corazón. Bum. Bum. Bum.

Y entonces pregunta:

¿Cuándo fue la primera vez que sentiste esto?

El agua sigue subiendo. Por un instante, el baño desaparece. Las paredes se convierten en un útero. Hace treinta y cuatro años, un 6 de marzo igual a este, yo estaba a punto de nacer. Mi madre tenía treinta y cuatro años. Los mismos que estoy cumpliendo hoy.

Floto dentro de ella mientras escucho una voz lejana decir:

Es una niña.

Y siento el vacío. Entra por mi garganta y cae hasta el fondo de mi cuerpo como una piedra. El golpe es tan intenso que abro los ojos. Estoy tirada sobre el piso del baño. Tengo la cara mojada, las piernas temblando y la respiración entrecortada. Afuera alcanzo a escuchar la voz de Santiago hablando con la doctora. Me levanto despacio y me miro al espejo. Hay algo distinto en mi cara, como si una parte de mí hubiera regresado de un lugar muy antiguo.

Los días pasan y con ellos me siento sumergida en una tristeza espesa. Apenas salgo de la cama. El agua no deja de salir de mis ojos y mi cuerpo parece haberse olvidado de cómo sostenerse de pie. Santiago me observa en silencio mientras yo permanezco hundida entre las cobijas. Afuera, los perros esperan que salga a caminar con ellos como lo hago de costumbre, y después de varios días encuentro dentro de mí un pequeño impulso para hacerlo.

Cerca de casa hay un bosque pequeño donde vive una familia de árboles. Suelo pasar tiempo ahí cuando necesito que el viento me ayude a ordenar mis pensamientos. Me siento en la tierra húmeda y dejo que el viento me atraviese. La frase vuelve.

Es una niña.

Una y otra vez.

Pienso en mi madre. En la dureza con la que aprendió a amar. En mi abuela, convirtiendo a sus hijas en mujeres fuertes para que pudieran sobrevivir al mundo. Y por primera vez entiendo por qué la frase “es una niña” se sentía como caer por un abismo.