Siempre llevo una muñeca de trapo en mi bolsillo y cuando visito a la mamá la muñeca se pone inquieta. Siento como se mueve en mi bolsillo con ganas de salir, intenta asomar los ojos para ver lo que está pasando afuera, lo noto en especial cuando me siento a desayunar en aquel comedor redondo de madera que conozco desde siempre, lo noto cuando huelo el chocolate en leche y cuando mis labios sientes la espuma que tiene de lo bien que ha sido batido. Lo noto cuando hay en frente un paquete de galletas ducales y un tarro de mantequilla listos para entrar en esa taza caliente para ser remojadas en la justa medida para que no se convierta en migote y pueda entrar una parte crujiente a mi boca. Allí adentro en mi bolsillo hay movimiento, la muñeca quiere salir, lo noto cuando voy al lavadero y veo una ponchera color amarillo que en su interior guarda tantas historias como los años que ha estado allí guardada, también quiere salir cuando siente el aroma del suavizante que queda impregnado en las sabanas, quiere salir para acostarse sobre esa cama que huele a casa, esa cama que huele a hogar. La muñeca de trapo quiere asomar sus ojos afuera de mi bolsillo cuando siente el aroma de aquella sopa de tortilla, el humo que sale de ella lleva consigo el sabor de la niñez, un sabor que conozco hace más de treinta años. Por un momento me doy cuenta que la muñeca deja de estar inquieta por salir, en vez de buscar asomarse siento que quiere abrir un hueco en aquel bolsillo para esconderse más profundo y dejar de escuchar lo que pasa allí afuera. Me doy cuenta que esto sucede cuando la mamá esta pronunciando unas palabras que dicen algo como “nosotros vivimos muchas cosas duras pero no quedamos traumatizados” esta frase suele estar acompañada de un historia de su infancia que le recuerda lo duro que fue pero la fácil que ha sido para ella hacer como si eso no hubiera dejado una herida en su piel. Primero relata la historia, luego viene aquel comentario y para el cierre me mira y termina diciendo, yo no se ahora porque todo es un problema, ahora todos tienen heridas, ahora todos tienen traumas, hora todos necesitan psicólogos, psiquiatras y anestesiólogos. Es por eso que la muñeca que vive en mi bolsillo quiere esconderse, porque aquella muñeca soy yo, esa niña que fui algún día que nunca se ha ido, vive en mi bolsillo porque desde allí siempre escucha lo que esta pasando, y que esta vez se quiere esconder porque las palabras de la mamá le están recordando eso que siempre interpreto del mundo, que no hay por que llorar, no hay porque estar triste, que hay que ser fuerte, que sentir emociones es tan peligroso como estar al borde de un abismo con los vientos de agosto, que lo que nos paso no deja una marca, que solo queda en el pasado como una historia que contar, que expresar como me siento y lo que me duele no sirve de nada. La adulta que lleva aquella muñeca en el bolsillo mira a la mujer que esta en frente, la adulta se da cuenta del lugar de donde vienen las palabras de la mamá, y puede sentir en ellas el dolor que ha estado escondido por tanto tiempo, la adulta se da cuenta que aquellas palabras de la mamá la han salvado de ser arrastrada por el dolor, que todo eso que solo hace parte del pasado no se sienta tan profundo y se pueda contar como una historia más.

Gracias a la muñeca que llevo en mi bolsillo por recordarme lo que nos duele, gracias a la mujer que es mi mamá, por encontrar sus maneras de sobrevivir a su dolor, gracias a la adulta que soy hoy por permitirse para en aquel abismo y atreverse a sentir, aunque eso parezca estar apunto de morir.

Busca en tu bolsillo aquella niña, aquel niño que siempre ha estado ahí, pregúntale que necesita de ti.