El baño de papá y mamá tiene una bañera. Sus paredes y piso están cubiertos por pequeños cuadritos verde oscuro. Allí solía jugar con sus primas, llenándola con agua caliente. Pasaban horas haciendo disfraces, como colas de pato o sombreros con la espuma.
Un día estaba sola allí adentro. Flotaba en el agua caliente. Todo estaba en silencio hasta que escuchó a su papá hablar por teléfono. En su voz descubre algo de preocupación. Lo escucha decir que no puede más con todas las responsabilidades que tiene; dice que siente una piedra en el pecho que pesa cada vez más. Ser el hijo mayor, cuidar a su mamá enferma, hacerse cargo de su papá, que se sale de casillas cuando toma y cuando no también, y ahora su nueva familia: su esposa, su primera hija y ahora una segunda hija.
Ella sigue en silencio en la bañera. Su papá no sabe que está ahí, escuchando. Sus manos empiezan a arrugarse y no tiene de otra que esperar hasta que sea su momento de salir de allí.
Pasan los días. La familia lleva años reuniéndose cada viernes en su casa. Llegan después del trabajo, brindan con copas de aguardiente una y otra vez. A eso de las seis o siete de la noche, aquella niña está en el comedor comiendo, como de costumbre, fríjoles con chicharrón. Al terminar de comer sube al segundo piso de la casa. Allí hay un balcón interno que da justo a la sala. Se queda en silencio y escucha cómo su abuela le está hablando a una de sus hijas sobre lo desafortunada que será por estar embarazada de una niña.
Las mujeres son muy complicadas, dice la abuela.
Luego escucha a su mamá estar de acuerdo con eso.
Llegan las vacaciones y una de sus tías se lleva a todos los sobrinos a su finca. Pasan allí casi un mes y los padres van cada fin de semana para encontrarse con toda la familia. En las vacaciones no se admite levantarse tarde, sentarse en la mesa sin camiseta ni dejar comida en el plato. Los hombres no entran a la cocina y son los primeros a los que hay que servirles la comida, además de las porciones más grandes.
Ya de regreso en casa, aquella niña va a la cocina. Abre la alacena con la ilusión de encontrar cereal Lucky Charms o mezcla para pancakes, pero en cambio solo encuentra galletas Ducales.
Más adelante, cuando ya era una joven, una tarde, al llegar del colegio, escucha a la mujer que les ayuda con el aseo de la casa atendiendo una llamada. Sin saber qué le anuncian, la joven solo escucha un llanto que nunca antes había presenciado. Habían matado al papá de sus hijos y esa mujer no podía parar de llorar.
Esa noche, la mamá de aquella joven le recomendó nunca comportarse de esa manera, ya que, si lo hacía, se convertiría en una histérica. La joven pone cara de confusión, pues no entiende esa palabra. Entonces su mamá complementa:
No puedes llorar así, debes ser fuerte.
En ese instante, la joven se da cuenta de que se ha portado bien, pues, tiempo atrás, cuando su papá murió, no derramó ni una lágrima.
Esa niña y esa joven soy yo. Claro, era de esperar. Lo que no lo es son todas aquellas cosas que relato en este texto. Casi ninguna de esas historias sucedieron literalmente.
Sí había una bañera en mi casa con azulejo verde oscuro, pero nunca escuché a papá decir que sentía una carga. Tampoco escuché a mi abuela hablar sobre la desgracia de tener hijas mujeres. En la finca no estaba prohibido dormir hasta tarde; no como una ley explícita, pero sí quedó grabado como una ley escrita en piedra en el fondo de mi interior. El papá de los hijos de la mujer que nos apoyaba en casa sí murió y ella sí lloró sin miedo alguno. Pero mamá nunca me advirtió que no me comportara así. No fue necesario, porque yo ya lo había entendido.
La mujer adulta que soy hoy a veces se siente muy agotada. Lleva toda una vida intentando mantener una puerta cerrada mientras alguien empuja desde el otro lado. La que está al pie de la puerta es una guardiana. A veces me protege de una fuerza que está del otro lado. A veces esa fuerza tiene cara de deseo y hace lo posible por no dejarlo entrar.
Por momentos, la mujer se encuentra con ganas de cuidar su imagen, pero la guardiana se encarga de aparecer frente al espejo y susurrarle al oído:
Las mujeres son complicadas, haz todo lo posible por no parecerte a ellas.
Cuando en el interior de la adulta hay un impulso fuerte por decir lo que piensa, la guardiana encuentra la manera de apagarlo. Lanza un eco que dice:
Complace y te amarán, incomoda y te rechazarán.
La mujer y la guardiana se encuentran una y otra vez. La mujer quiere salir; la guardiana sigue fiel a su misión de proteger. La tristeza ha logrado colarse como agua por debajo de la puerta y el miedo como un ventarrón frío por el borde del marco. La rabia, esa roca sólida que está a punto de arder en llamas, lleva una vida entera intentando atravesar esa puerta. Pero la guardiana ha sido más fuerte y se resiste. Tiene mucho miedo de dejar de ser una mujer fácil de amar.